Huracán

Verano de 1996. Estoy sentada con una amiga en una terraza, tomando algo. Mientras charlamos, nos llegan ecos de la radio que tienen encendida dentro del local. Suena, por enésima vez, El talismán. “Por las orejas me sale ya el dichoso talismán”, protesta mi amiga. Yo me río y le respondo que a mí me pasa lo mismo.

Cuando vuelvo a casa, se lo cuento a mis padres (yo tenía veinte años aquel verano y aún vivía con ellos). Mi madre, que siempre ha tenido muy buen oído, voz y gusto musical, me mira muy seria y sentencia: “No desdeñes a esta Rosana. Es diferente, especial. Tiene algo.” Pocos días más tarde, como para reafirmar su opinión o demostrarnos algo a mi padre y a mí, mi madre (ella, no yo; me avergüenza admitirlo) compra Lunas Rotas.

Sólo me hacen falta un par de escuchas completas al CD para decidir que estoy de acuerdo con ella. Esas letras, esas melodías y esa voz se me cuelan debajo de la piel, por rincones del alma que hasta ese momento estaban vírgenes. Escucho ese álbum en bucle durante meses y meses.

24 de Septiembre de 2001. El día de mi santo sale a la venta el tercer trabajo de Rosana, que lleva su nombre. Antes de éste ya ha publicado otro, Luna nueva (aclaro con orgullo y alivio que éste ya sí me lo compré yo). Sin embargo, esta vez es diferente: aquellos que compren los primeros trescientos CDs conseguirán una invitación para un breve concierto de Rosana en la FNAC, en Madrid, cuatro días más tarde. Mi chico, con el que años después me casé y tengo la suerte de seguir casada, sabe que nadie me gusta más que Rosana pero que nunca la he visto en concierto. En realidad, por aquel entonces yo escuchaba la música en mi casa, en el walkman, en el coche, pero no solía acudir a espectáculos de música en directo. Oscar se las arregla para conseguirme uno de esos primeros trescientos CDs. El viernes de esa misma semana me acompaña a la FNAC. “Te recojo a la salida y nos tomamos algo”, comenta. Sin más, nos despedimos y yo entro.

Salgo de la FNAC un par de horas después de haber entrado y más de una hora después de terminado el concierto. Desde dentro, a través del escaparate, veo que Oscar me hace gestos, confuso: está viendo que el concierto ha terminado. ¿Por qué no salgo, entonces? El pobre tiene la paciencia de esperarme y cuando por fin llego a su lado me pregunta: “Pero ¿qué pasaba?”. “Me he quedado para pedirle que me firmase el CD”. “¿Tú…???”.

Su sorpresa está justificada. Yo era, por aquel entonces, mucho más callada, mucho más tímida y mucho menos atrevida de lo que soy ahora. En ese momento, la idea de María pidiendo un autógrafo le debe de resultar a Oscar tan rara como si le hubiera dicho que quiero hacerme astronauta. “¿O sea que te ha gustado…?”

Yo sacudo la cabeza, sin saber cómo explicarle algo que ni yo misma entiendo. No me salen las palabras. Sí, claro que me ha gustado, pero no es eso. No es, ni mucho menos, sólo eso. Estoy en trance emocional, estoy despierta, viva; he entrado en la FNAC viendo el mundo de una manera y salgo viéndolo de otra. Al final, solamente acierto a responderle: “No sé explicarte lo que me ha pasado ahí dentro.” Algo debí de ser capaz de transmitirle, sin embargo, porque después de unos minutos hablando, al final él comenta: “Has tenido como una epifanía.”

Ésa era la palabra, eso es exactamente lo que tuve ese 28 de septiembre de 2001 en la FNAC de Callao. La certeza absoluta de haber vivido algo trascendental, un huracán, un terremoto, una sacudida; todos los muros del alma derribados, hechos trizas; una nueva concepción de mí misma. Algo tan potente y tan mágico que supe de inmediato que mi vida, a partir de ese instante, jamás volvería a ser la misma.

Y así fue.

La curiosidad lleva a Oscar a acompañarme, un mes después, a otro concierto de Rosana, en el Palacio de Congresos de Madrid. A la salida, esta vez es él quien balbucea y yo quien le miro divertida. “Esto… esto no ha sido un concierto. Esto es una mezcla de música, una fiesta con amigos y el Club de la comedia.”

Lo demás es historia. Dieciséis años de historia en los que Rosana se ha convertido en la banda sonora de mi vida, en mi termómetro emocional, en bálsamo curativo, en elemento catártico, en carcajadas hasta las lágrimas, en origen de amistades maravillosas, en excusa para visitar cientos de preciosos rincones de España y del mundo.

Yo no lo elegí: me vino dado. Hay fuerzas que están más allá de la razón, hay cosas y personas que tiran de una patada las puertas de tu vida y se instalan para quedarse. No hay nada que puedas hacer.

Ni que quieras.

Por el camino, la energía de Rosana se establece como el punto de agarre que necesito para ir derribando, uno tras otro, mis temores, mis vergüenzas, mis complejos. El mensaje de sus canciones se convierte en mi bandera. Un mensaje de amor a la vida y la gente, de compromiso con el mundo y su belleza, de emociones expresadas a los cuatro vientos, de pelea contra la injusticia y de levantarse siempre, siempre, no importa cuán abajo hayas caído.

Y luego estás tú, Ro. Rosana Arbelo, no Rosana la cantante ni la compositora. La persona que me enseñó a perfeccionar el maravilloso arte del abrazo (siempre que mis amigos me dicen que abrazo muy bien pienso en ti). La persona que se ha preocupado por mí en algunos de los peores momentos de mi vida, como mi primera crisis de vértigo o la muerte de mi suegro. La persona que me ha enseñado a querer más, a perdonar mejor, a sonreír siempre.

Rosana, gracias. Gracias por darle a mi vida una emoción y una energía mayores que el miedo, que la pereza, que la vergüenza. Gracias por darme unas ganas de bailar mayores que mi sentido del ridículo, unas ganas de viajar mayores que mi cansancio, unas ganas de cantar mayores que la hostilidad del señor tan serio de la butaca de al lado; unas ganas de vivir que pueden con cualquier oscuridad. Gracias por todas las veces que me coges de la mano sin saberlo, cuando de repente tu voz me sorprende en la radio en un momento difícil de mi vida.

La magia existe. Otra cosa que he aprendido contigo.

Hoy tengo cuarenta y dos años, el doble de los que tenía la primera vez que te escuché. He construido mi vida contigo y no me entiendo a mí misma sin nombrarte. Eres el origen de mi despertar emocional y escucharte es como volver a casa, como reconectar con mis raíces, como afianzarme de nuevo en tierra y recuperar el sentido de mí misma. Y cada vez que publicas un trabajo nuevo, lo que siento es que el ciclo de mi vida vuelve a empezar, lleno de luz, de ilusión y de posibilidad.

Después de la vida, meter tu música en mi casa es el mayor regalo que mi madre me ha hecho nunca. Mi madre es, también, la única persona que nunca olvida esto:

El 24 de octubre de 1990 falleció una de mis mejores amigas. Padecía una enfermedad que sigue clasificada como rara, lo cual con frecuencia equivale a una sentencia de muerte prematura. Yo tenía catorce años; ella, Verónica, sólo uno más que yo. Perdió la vida de golpe, delante de mí. Literalmente, la vi caer al suelo y morir. Ése fue el día que se me acabó la infancia. Años más tarde, descubrí que tú, Rosana, habías nacido un 24 de octubre. Y de la muerte extraje vida y de propina aprendí otra cosa: cómo, en uno de los peores días de tu vida, se puede estar fraguando sin tú saberlo parte de lo mejor de tu futuro. Nunca hay que perder la esperanza.

Hay dos días al año en que mi madre jamás olvida llamarme. Uno es el de mi cumpleaños: 22 de noviembre, Santa Cecilia, patrona de la música (hermosa coincidencia).

El otro es el 24 de octubre.

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